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en preparacion
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La obra más ambiciosa de Luis Royo. Un cuento fántastico de amor grandioso y brutal
.
Espada Marto, La Elfa
Negra



A los pies de las lejanas montañas, en
los grandes bosques donde sus árboles son tan altos y sus
ramas tan espesas que han pasado cientos de años sin que
ningún rayo de sol haya penetrado. Allí, en su interior, donde
las ramas y raíces oscuras se retuercen sin hojas como
serpientes carbonizadas, habitan las elfas negras. Cuenta una
leyenda que, dentro de éstos bosques, se esconden desde hace
siglos las jóvenes infectadas por la pasión y la sangre
corrupta del gran vampiro de los tiempos, y ocultan sus
rostros enigmáticos y sanguinarios esperando sus
víctimas.
Pero hay otra leyenda mucho más perdida en los
tiempos que cuenta que, cuando elfas voladoras y blancas
poblaban el cielo, algunas de ellas cayeron al interior
profundo y tenebroso de éstos bosques. Allí vivía y vive
el gran Dragón Negro, ellas quedaron presas y hechizadas por
la mirada del dragón, sus alas se volvieron negras y tiñeron
sus rostros de oscuridad, colgaron de sus caderas frías
espadas de plata con dragones tallados, y desde entonces han
dedicado su vida a guardar al Gran Dragón.
Las elfas negras
cuidan estos oscuros y brumosos bosques, y cada viajero que se
pierde en ellos desaparece para siempre. Con su espada
atraviesan el corazón del visitante y beben su sangre.













MAESTROS ILUSTRADORES DE LOS TRABAJOS AQUÌ EXPUESTOS (S E u O).
| Alberto Vargas | Gil Elvgren |
| Al Buell | Luis Royo |
| Peter Driven | John Shilling Wittrup |
| Earl Moran | Billy De Vorrs |
| Rolf Armstrong | Edward Runci |
| Ruskin Williams | Enoch Bolles |
| Vaughan Alden Bass | Joyce Ballantyne |
| Charles Salden | George Petty |
| Chris Achilleos | Zoe Mozert |
| Art Frahn | Williams Mescalf |
| Bradshaw Crandell | Pearl Frush |
| Harry Ekman | Fritz Willis |
| Jaysscott Pike | Robert Oliver Skemp |
| E. B. Segner | Kanoute O. Munson |
| Jules Erbit | Harry Ekman |
| Irene Patten | Walter Beach Humphrey |
| Mila Baine | John Lagatta |
| Joseph Farrelly | Walt Otto |
| Edward D'ancora | Weston Taylor |
| Williams Fulton Soare | Haddon Sundblom |
| Henry Clive | Olivia de Berardinis |
| Ernest Chiriacka | Ben-Hur Baz |
| Walter Bavm Hofer | Russell Patterson |
| Pete Hawley | Tom Hall |
| Larry Elmore | Dikens |
| Anthony Guerra | Bill Randall |
| Clide Caldwell | Ara Gimenez |
| Boris Vallejo | Brian Rood |
| Michael Whelan | Rodney Matthews |
| James Gurney | Gallego |
| Josephine Wall | David Cherry |
| Julie Bell | Stephen Hicman |
| Jeff Easley | Judson Huss |
| Llene Meyer | Griesbach Martucci |
| Cris Ortega | Kornel Rabadits |
| Melanie Delon | Simon Rober |
| Hector Gomez Jade | Ken Kelly |
| Lorenzo Sperlonga | Michael Mobius |
| Oscar Chichoni | Tony Mauro |
| Chris Foss | Earl Macpherson |
| Esquire | Mike Ludlow |
| Freeman Elliot | Hajime Sorayama |
| Jennifer Janesko | Paul Corfield |
| Ted Withers | |
Luis Royo, maestro de la ilustraciòn.
Ver VIDEO nº 1 de los trabajos de Luis Royo
Ver VIDEO nº 2 de los trabajos de Luis Royo

Luis Royo nace en 1954 en Olalla, un pueblecito de
Teruel. Siendo niño se traslada a Zaragoza, donde cursa estudios
de Delineación, Pintura, Decoración e Interiorismo. A partir de
1972 empieza a pintar cuadros que expone en diversos foros. En
1979 inicia su andadura como dibujante de cómic y no tarda en
triunfar internacionalmente. Una muestra de estos trabajos,
publicados en las principales revistas del momento, aparece
recopilada en los álbumes Luis Royo (Rambla, 1985) y Desfase (Ikusager,
1986).
En 1983 pasa a la ilustración, donde cosechará sus mayores
éxitos. Lo hace de la mano de la agencia y Editorial Norma, que
distribuye su obra por todo el mundo. En 1992 aparece su primer
libro, Women, al que siguen Malefic (1994), Secrets (1996), III
Millennium (1998), Dreams (1999), Prohibited Book (1999),
Evolution (2001), Prohibited Book 2 (2001), Conceptions I
(2002), Visions (2003), Prohibited Book 3 (2003), Conceptions II
(2003). A estos títulos hay que añadir la publicación de seis
series de cartas para coleccionistas, cinco portafolios,
pósteres y un tarot titulado The Black Tarot. La creciente
popularidad de sus imágenes hace que éstas puedan contemplarse
también en postales, calendarios, juegos de cartas, camisetas,
carátulas de discos, videojuegos, alfombrillas de ordenador e
incluso en alguna escultura.
Con ésta abundante producción, Royo se convierte en un
auténtico fenómeno de masas. Sus libros conocen numerosas
ediciones y se vierten al francés, alemán, inglés, italiano,
ruso y portugués. Revistas como Stampa, Airbrush-Action ó
Penthouse le dedican reportajes en sus páginas. Festivales,
galerías de arte o tiendas especializadas organizan
continuamente exposiciones y homenajes. Ha recibido entre otros,
los premios Silver Award Spectrum (Estados Unidos), CartooMics
(Italia) El Peregrino (Rusia).
El éxito de Royo no es sino el reconocimiento de una obra
original que ha venido a revolucionar el mundo de la
ilustración. Especialmente interesado por los temas fantásticos,
también ha abordado otros ámbitos como el western, el pasado
histórico o las portadas románticas. Pero, más allá de los
contenidos, su estilo, inconfundible, respira fuerza y al mismo
tiempo irradia una frágil y casi mística transparencia. Su
tratamiento de la figura humana, especialmente de las mujeres,
dota a los cuerpos de una contundencia que, lejos de resultar
pesada, refulge. Su manejo del color, desde las gamas más
saturadas hasta los despojados contrastes de grises con algún
toque de intenso cromatismo, contribuye a crear ésa aureola de
fascinación que invita a entrar en sus paisajes.
Pero el estilo de Royo, a pesar de mantenerse fiel a unas
constantes, también refleja una clara evolución. Basta con hacer
un recorrido cronológico por su obra para comprobar las
variantes que han ido refinando su estética y reforzando el tono
cada vez más poético de sus composiciones. La aparente sencillez
de sus dibujos se sustenta en una compleja y muy estudiada trama
de recursos. La permanencia en la primera línea de la
ilustración e incluso el incremento desus éxitos es el resultado
de una constante, sutil y muy eficaz experimentación.
Royo ha hecho del mito de la Bella y la Bestia uno de sus
principales motivos, llevándolo desde el horror has el lirismo.
En cualquier caso e independientemente del tema abordado, sus
personajes se sitúan siempre a medio camino entre lo épico y lo
erótico. Sus carnes están atravesadas por el desafío maculadas
por la amenaza, y por eso resultan mucho más excitantes. Y es
que, como Royo muy bien sabe, el sexo adquiere mayor lascivia
cuando a su alrededor flota el fantasma oscuro de la muerte.
En la mirada de sus personajes hay un destello que los coloca al
borde de la tragedia, como si desde su posición congelada
atisbaran un destino tan crel como atractivo. Aferrados a su
arma, esperan el próximo ataque. Están tensos y por los músculos
les corretea esa fuerza que los hace más bello y dramáticos.
Dentro de un momento puede que ya no estén y ahí y hayan
desaparecido devorados por el peligro que les acecha. Pero ese
futuro inmediato ya no interesa a Royo. Él los retrata en ese
penúltimo instante, el más revelador del alma del héroe.
Antonio Altarriba (escritor, guionista, catedrático y teórico de
la imagen)
Libro Wild Sketches I y II


Trabajo previo a la cúpula en Barcelona.


Libro Subversive Beauty

Libro Dark Labyrinth, 2006.

EPÍLOGO
Pero poco a poco entró
en su propio laberinto y, conforme profundizaba, la oscuridad
apareció en sus pinturas. Quiso dar marcha atrás y salir de
sus infinitos pasillos subterráneos, como hizo Teseo,
pero en este viaje no existe el hilo atado al tobillo que te
conduce a la salida. Acabó sucumbiendo a las tinieblas
acercándose peligrosamente y sin remedio al negro. El negro
incisivo que nos desnuda.
Luis Royo
EL NIÑO DE LA VENTANA
Era un país gris, con largos inviernos, con las caras y estómagos tristes y los abrigos pelados y mustios de una posguerra.
Un niño que acababa de cumplir siete años descubrió ese día su existencia. Acababa de mudarse de casa con su familia. Su hogar hasta ahora había sido un entresuelo de un viejo edificio, en el casco antiguo de la ciudad. Era húmedo, con una sola ventana que daba a un pequeño patio de luces. Un lugar del que no encuentra ya en su madurez casi ninguna imagen agarrada al recuerdo. Aquel día de su séptimo cumpleaños se trasladaron a la vivienda de una portería, un octavo piso en un barrio nuevo. Era un pequeño piso de no más de 30 metros cuadrados, pero al entrar a una de las habitaciones descubrió una ventana por donde llegaba la panorámica de casi toda la ciudad. En ese momento, con los ojos perdidos en el horizonte, fue consciente de su existencia.
Fue un día grandioso, pero la noche se cobró su revancha y recordó los ventanales de la escuela llenos de saetinos que daban al patio de recreo y que dejaba atrás. Unos ventanales donde, junto a otros niños, calcaba figuras. Aquella maestra, a la que no le gustaba el esfuerzo de enseñar lecciones y los entretenía dándoles un dibujo y una hoja en blanco para calcar, era para el niño de la ventana una Diosa. Pasaba hora tras hora junto a sus compañeros, pegado al cristal, y nunca se había sentido tan bien como en aquellos ratos que veía aparecer en las hojas en blanco una figura tras otra, naciendo del lápiz que movía con sus dedos. Cada mañana, le llevaba en secreto el caramelo que le compraba su madre para que no llorara al ir al colegio. Le regalaría el mundo entero a aquella Diosa que sabía cómo hacerlo feliz.
Los años pasaron con los ojos colocados en ese horizonte urbano, revoloteando por los puntos oscuros de las miles de ventanas de la ciudad, incluso inventando personas y mundos imaginarios para cada uno de aquellos puntos negros. Llegó la adolescencia y esa juventud que buscaba cada sábado que su cabeza estallara con la música. Una de aquellas noches, cuando ya la vieja discoteca comenzaba a quedarse vacía, sentado en un rincón con los ojos ensangrentados por el alcohol, se le recortó entre los muros y las luces multicolores de la pista una ventana que despertó todos sus anhelos. En el centro de esa ventana, una muchacha de no más de dieciséis años bailaba al ritmo de la música, y su cortito vestido de campana descubría con los movimientos un poco de sus braguitas blancas. De nuevo, el mundo apabullante le llegaba por una ventana, aunque esta vez fuera una ventana de luces psicodélicas. Pasaron meses de insistencia y conquista, hasta que un día formó pareja con la chica de las bragas blancas, y después de rodar por buhardillas sin ventanas, con la dedicación constante de llenar de dibujos y pinturas los blancos de cientos de papeles y lienzos, llegó un hijo, y tuvieron que ir a parar a un pequeño piso de los barrios más lejanos, ya al límite de la ciudad. Allí, de nuevo, una ventana le devolvió al mundo gris, cuyo horizonte estaba silueteado de talleres y chimeneas. Colocó un gran lienzo en la habitación, dibujó una retícula en el cristal y, como cuando era niño, calcó y pintó en gris la triste ciudad. A su hijo, que iba creciendo poco a poco, le colocó una pizarra en la pared, para que también fuera imaginando, y ambos pasaron años en la habitación de tres ventanas: la real, con vistas de humo de chimeneas de fábrica; la blanca del papel para la fantasía; y la negra de la pizarra para el emerger de la potente imaginación de un niño.
Los dibujos y pinturas fueron llenando cajones, y los lienzos apilados dejaban cada vez menos espacio libre en aquella casa. Un día, aquellos dibujos comenzaron a aportar dinero a la familia, y así pudieron cambiar de residencia, para vivir cerca de una playa y poder ver en el horizonte cómo el cielo besaba a la mar. Pero ya los ojos habían perdido la capacidad de mirar tan lejos, pues se habían acostumbrado a vivir atrapados en los papeles y lienzos blancos, obsesionados en convertirlos en miles de imágenes que ya se publicaban en diferentes lugares. La ventana era ese papel en blanco que le podía transportar una y otra vez a universos imaginarios y le permitía vivir una fantasía tras otra.
Asfixiado sin saber por qué, volvió a su ciudad, con las ansias locas de vivir en un piso alto desde donde pudiera volver a encontrar el horizonte de la infancia y alimentar de este modo su retina. Aquella nueva ventana le llenó de paz, aunque por poco tiempo. Volvieron a pasar largos años al pie de esa nueva ventana que no supo revivirle los sueños de la infancia, y siguió convirtiendo en ventanas los papeles blancos. Los sueños de papel se iban sucediendo, y pasaba cada vez más tiempo dentro de ellos que fuera. El horizonte real se hizo más borroso.
Una mañana, se asomó por la única ventana que nunca le había dicho nada en especial: el espejo del baño. Descubrió frente a él a un hombre canoso, ojeroso y casi viejo. Cogió las maletas y fue a una playa cálida y calmada de mares lejanos. Allí, mientras dibujaba unos bocetos sobre uno de sus inseparables papeles, alzó la vista y vio de nuevo el horizonte, aquél que descubrió en su séptimo cumpleaños y que había perdido tantos años atrás. Se dio cuenta de que, de nuevo, estaba frente a una ventana, una inmensa ventana de luz en uno de esos rincones irrepetibles, y vio el cielo y el mar por primera vez. Aunque lo había mirado cientos de veces antes y en diferentes lugares, nunca lo había visto. Se dejó inundar por aquella ventana inmensa, guardó sus pequeñas ventanas de papel y, por unos momentos, se dejó embriagar, confundido por ese horizonte. Sabía que ya para siempre viviría en la punzante duda de a qué ventana asomarse cada instante.
Después de este pequeño cuento que habla el otro lado de la vida de un ilustrador, es decir, de su parte más íntima, enfrentémonos ahora al difícil dilema de la utilidad, la intención, la definición, incluso del sentido de lo que llamamos ilustración. En otros libros ya he comentado que prefiero el nombre antiguo de “iluminación”, e incluso creo que se podrá entender mejor esa preferencia con la alusión anterior a las ventanas.
He oído y leído cientos de opiniones sobre qué es el arte, a cientos de artistas hablar sobre ello, cientos y cientos de palabras sobre el tema, desde las más frías y calculadas hasta las más apasionadas. Apabullante.
¿Qué decir sobre este tema que tenga sentido? Yo solo puedo hablar de una pequeña ventana blanca de papel que me llama y me dice: “¿Qué quieres que te enseñe? Ábreme con tus pinceles y pigmentos y dime qué ves”. Lo cierto es que nunca me enseña lo que realmente quiero ver, pero quizás lo hace con picardía, para que tenga ganas y entusiasmo para abrir otra ventana. ¿Qué importan los conceptos y lo que llaman arte? Una ventana en blanco me espera cada mañana en el tablero de dibujo, y el niño de la ventana quedaría ciego por las lágrimas si no la encontrara cada día. Quiero decir también que es gratificante ver cómo miles de hombres y mujeres han dedicado su tiempo a convertir un espacio en blanco en otra cosa. ¡Qué búsqueda más apasionante! Las propuestas han sido infinitas, desde las más asépticas de “Pintura 135” hasta las más emocionantes de “Niño comiendo una sandía”, o las más provocadoras de “Silla eléctrica”. No puedo poner comas ni puntos, ni defender este arte o aquél, ni hablar de divisiones o aportaciones. Sólo veo miles de ventanas y algunas son maravillosas.
Luis Royo

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